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Critica Revista Imaginacion Atrapada

“Del otro lado del mar”:

 El sueño de los héroes

por Diego Braude jbraude@ciudad.com.ar

 

Idea, guión y dirección: Omar Pacheco. Elenco: Fernando Blanco, Enrique Lardó, Romina Lugano, Adrián Chait, Micaela Suarez, Guillermo De Blas, Marina Assereto, Silvia Facal, Victoria Pedroso, María Fernanda González. Música Original: Juan Bernabé, Miguel Rausch. Operador de Luces: Carolina Ghigliazza. Operador de Sonido: Hernán Troche. Efectos Especiales: Florencia Barone, Pablo Abarca. Diseño de vestuario: Romina Azzigotti. Fotografía: Antonio Fernández. Diseño Gráfico: Valeria Gramática. Producción: Grupo Teatro Libre. Web: http://www.laotraorillateatro.com.ar. Funciones Viernes 21 hs y sábados 22 hs en Teatro La Otra Orilla, Urquiza 124. Entrada: $10. Última función 2005: 6 de diciembre. Repone 2006: marzo o abril, fecha a confirmar

Antonín Artaud decía que la obsesión por racionalizar llevando todo al lenguaje era capaz de matar a las palabras y al propio teatro. Decía que, en cambio, era necesario dejar que la obra encontrara su propio lenguaje. Si eso implicaba la palabra, podía ser de un tipo similar al que se encuentra en los sueños... Los sueños son reducibles a conceptualizaciones, pero el efecto original se pierde en esta mediación. Traducir, explicar un texto poético es correrlo de lo poético para transformarlo en otra cosa. La vivencia no puede traducirse en concepto por una cuestión propia de cada proceso.

Este dilema ocurre cuando uno quiere hablar, analizar, si se quiere, “Del otro lado del mar”. Cómo transformar un grito visceral en un texto legible sin que pierda su fuerza original, su capacidad de clavarse en el fondo de nuestra cavidad craneana...

Cierto filósofo del siglo pasado se refería a la capacidad de revelación y ocultamiento simultáneo del arte. La experiencia artística real, según esta visión, nos conecta con algo que está detrás de la obra, algo tan esencial que nos suele ser inaprensible, y que sólo el “disfraz” de la obra lo vuelve visible o, mejor, perceptible. Cada uno podrá describirla de la manera personal que más apropiada le parezca, pero digamos que esencialmente es una profunda experiencia extracotidiana. Esa vivencia temporal, a veces de duración ínfima, es la que la más abarcativa de las filosofías nunca podrá terminar de explicar en palabras.

Entrar en “Del otro lado del mar” es entrar a una obra ritual, es entrar al ducto que conduce a esa vivencia, a esa pura experiencia, y que en este caso se logra sin que uno siquiera deba moverse de la butaca.

Imágenes, cuerpos que nos gritan como arquetipos lejanos que se nos acercan desde otro lado. Como en un sueño, la temporalidad no existe, es propia y sin reglas; como el ritual, la vivencia tiene su propio montaje. Como el sueño, ocurre en un mundo que parece no tener fin, en el que nuestro cuerpo se funde de a poco en la sala.

“Del otro lado del mar” habla de la lucha personal por conquistar los sueños, de los designios morales y las tentaciones con las cuales se debe luchar. El conflicto visceral por no pasar a formar parte de las filas de hombres encadenados. Ser uno mismo, luchar por la propia felicidad, implica jugarse la vida en el intento.

El protagonista se enfrenta una y otra vez a un mundo que se la aparece como oponente en tanto y en cuanto no acepta rendirse a los rituales propuestos. Se desdobla, camina con dos cuerpos simultáneamente por los mismos espacios; el yo paralelo, el yo interno, aquel otro que queremos proteger, o el que preferimos ocultar... Rodeándolo, filas de hombres y mujeres que envuelven, sin rostro, sin destino más que la cinta sin fin de una existencia cotidiana maquinalmente repetida...

Una mujer bella es tentación, es seducción no productora sino destructora. Es la tentación de ser encadenado a los hombres sin rostro, de perder las alas antes de abrirlas. Entre la oscuridad se presenta una y otra vez, incansable, insaciable... el deseo de tocarla se iguala al de huir de ella, de su voz profunda y gutural que llama desde la lengua tan desconocida como familiar que pronuncia en continuo...

Es el ir y venir, lucha y resignación... es el grito, el llanto, el lamento, y la furia, el deseo, la gloria... el ritual nos apropia, nos quita el suelo de debajo de nuestros pies sin movernos de las butacas... nos hace sentir ese espacio infinito entre la oscuridad y la luz, las visiones de los ciegos encadenados a voluntad...

Fragmentar las percepciones en sonoras, visuales y táctiles es partir en pedazos que no suman lo que es una totalidad. El viaje por el que nos lleva la obra es un efecto, que por su origen primal, saltea el raciocinio para ir directo a las tripas. Los niveles de identificación o no corren por cuenta de cada subjetividad, pero es muy difícil salir indemne, y ahí radica su profunda y terrible belleza.

El camino del héroe implica que al final de su camino, más allá de lograr su objetivo (como por ej, salvar a la princesa), haya sido modificado, se haya vuelto más sabio. El momento de dejar la sala (que marca el final del ritual, pero no el final de lo representado) es cuando la obra empieza a operar, sutilmente, sobre cada espectador. El héroe del ritual atraviesa el final narrativo para acompañarnos en nuestro propio trayecto.

www.imaginacionatrapada.com.ar
8/07/2005
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